Son dos cosas distintas. Muy distintas. Abrir puertas es una acción que en principio sólo complace a la curiosidad, por cuanto permite ver qué es lo que hay por detrás de ellas, atisbar el horizonte que se extiende más allá del perímetro que conforman sus jambas y dintel. Pero aparte de dicha satisfacción curiosa, no conlleva ningún tipo de responsabilidad, más que nada porque una vez abierta la puerta en cuestión, siempre existe la posibilidad de volver a cerrarla si uno entiende que lo que aguarda en el interior no será agradable, o si allí esperan cargas demasiado pesadas o excesivas responsabilidades.
Ahora bien, una vez franqueado el umbral de la puerta abierta, no queda otra que responder de dicho acto y asumir la responsabilidad de interactuar con las situaciones y/o personas que allí se encuentren. Es inevitable, pues no en vano franquear una puerta equivale ya de por sí a asumir un reto, el reto de enfrentarse a lo que dentro de ella aguarde. Quizá por eso a menudo se echa marcha atrás para cerrar de nuevo la puerta que, tal vez de modo inconsciente, fue abierta. A veces es mera cuestión de prudencia, otras de simple pereza, pero la mayoría de las veces ese paso atrás obedece al miedo.
Y es que, por mucho que guste la aventura y lo desconocido, franquear el umbral de una puerta abierta, sabedores o no de lo que allá espera, siempre da un poco de miedo: miedo al abismo que quizá se abra ante los trémulos pies del caminante, miedo a los monstruos que puedan acechar entre las sombras, miedo a sufrir una pérdida irremisible, miedo a no estar a la altura de la situación a afrontar, miedo a las heridas que se puedan tanto recibir como causar..., tantos miedos.
Y, sin embargo, tarde o temprano siempre hay que no sólo abrir puertas, sino atreverse a franquear sus umbrales, pues, pese a los miedos, nada hay más triste que quedarse parado ante una puerta abierta.
Pero ¿y vosotros? ¿Habéis abierto muchas puertas que luego os dio miedo franquear? ¿Tendéis a quedaros paralizados frente a los umbrales o los atravesáis con decisión? ¿Entráis con los ojos cerrados o con mucha cautela? ¿Cruzáis los dedos antes de entrar..., por si acaso? ¿Tenéis a la vista alguna puerta que queráis abrir y traspasar?












y por eso mi paciencia es ilimitada.


Disculpas que, por otro lado, no había en este caso por qué darlas. Todo lo contrario, me agrada que hayas dado tu propio enfoque al tema 