Borracho de libertad, adicto a la carcel.
No eran tiempos fáciles los de la infancia de Miguel. El terrorismo vasco había acabado con la vida del Presidente del Gobierno y, el Caudillo y los militares estaban furiosos, las redadas se multiplicaban a lo largo de todo el país.
Miguel por aquella época era poco más que un crio, larguirucho y extremadamente delgado, su cara enjuta mostraba nervio y coraje, sus ojos azules daban fe de su inteligencia y su paso firme y decidido hablaban de su convicción de que las cosas en este país de pandereta de aquellos años, podían cambiar y se impondría la libertad y la democracia.
Tras la muerte del Caudillo y con apenas 16 años, Miguel comenzó a asistir a montones de manifestaciones en pro de la libertad, promovidas por una serie de sopa de letras de Movimientos que… en realidad nuestro protagonista no sabía muy bien lo que eran - que si la ORT, el MC, la LCR, el PCE reconstituido, la CNT.AIT , etc. etc,- Pero no importaba, le bastaba con saber que eran jóvenes de izquierdas que perseguían la democracia.
Por aquel entonces se rumoreaba que, aunque el Caudillo acababa de fallecer y su delfín había sido asesinado dos años atrás, el régimen se negaba a sucumbir. El nuevo Presidente (apodado “el Orejas”) pretendía servirse del recién estrenado Monarca para, con su aquiescencia crear un nuevo partido político de Centro en el que cupieran todos los miembros de la antigua CEDA (partido del régimen anterior). Pretendía un acuerdo parecido al de la década de los años 20 entre Alfonso XIII y Miguel Primo de Rivera.
Esto hizo que las manifestaciones se multiplicaran y que, bajo la consigna de “a las barricadas”, miles de jóvenes salieran a las calles, volcaran contenedores, rompieran escaparates y lanzaran piedras contra “los grises”. Éstos se emplearon a fondo a base de gas lacrimógenos y porrazos contra manifestantes y transeúntes.
Nuestro amigo pasó a militar en las filas de la CNT y desde allí conoció a diferentes miembros de la Extrema Izquierda aunque, sin saber en realidad que éstos tenían delitos de sangre. Miguel pensaba que eran tan solo manifestantes experimentados y decididos, a quienes todos los “nuevos luchadores por la libertad” querían parecerse.
El caso es que durante una redada se produjo una encerrona y comenzaron a hablar algunas armas. Después éstas cayeron al suelo para que la policía no identificase a sus portadores (entonces no había CSI). De este modo, sin comerlo ni beberlo, nuestro joven “Ché” se vio cumpliendo una condena por terrorismo, tenencia de armas y manifestación ilegal, e intento de asesinato a un funcionario del Orden Público.
Desde los barrotes de su celda todo se veía de color gris. Que paradoja, buscando mayor libertad, se encontró con la negación absoluta de ésta. Pero eso no fue lo peor. A partir del año 82, en el patio de la prisión comenzó a circular la maldita droga. Iba de mano en mano, de vena en vena, con su slogan de libertad de espíritu iba creando una nueva y sibilina prisión, en torno a cada uno de los presos.
Tras ocho años de presidio, Miguel regresó a las calles. Corría el año 87 y coincidió con un atentado en unos grandes almacenes en los que hubo 21 muertos y 45 heridos (22 muy graves). Nuestro ya curtido amigo se sintió fatal, eso no era por lo que él había luchado y sufrido condena. Ahora se encontraba con las manos vacías, las venas enfermas y el corazón destrozado.
En el barrio, nadie le miraba, entre sus ex-compañeros de fatigas había desconfianza porque a pesar de que durante su tortuoso interrogatorio no dio ningún nombre, ahora solo era un toxicómano muy vulnerable. Todos dejaron de lado a este hombre cuyo único objetivo, era luchar por la libertad colectiva en unos tiempos muy convulsos en la historia de España.
Poco después de esto, Miguel compró cierta cantidad de caballo y, revolviéndola toda en una cuchara grande, cogió la chuta, apuntó a sus venas y consiguió la tan buscada libertad.
Te echo de menos amigo.







