Este relato lo conoceis muchos, pues es el que presenté al concurso de Tad el año pasado.
El ciclo de la vida.
Su deambular itinerante comenzó una fría mañana de otoño. El viento debió de haberse levantado aquel día con el pie izquierdo porque azotaba con más fuerza que nunca. Olivia no había hecho más que despertar cuando sintió un crujir que la desprendía de su tallo y la hacía volar por los aires.
Tras planear durante un rato, mecida por los vaivenes silvantes y sin saber como, se vio enredada entre el ramaje de una viña. Las hojas que allí aún quedaban comenzaron a preguntarla y sintieron envidia al conocer que Olivia había estado ocho largas temporadas en su árbol, viendo nacer y crecer otras tantas generaciones de aceitunas antes de desprenderse definitivamente de su genealogía. Se quejaban sobre todo de que su vida era muy corta en comparación con las de las hojas perennes.
Nuestra amiga se sorprendió porque en su árbol, los mayores; los que llevaban allí 10 o 12 temporadas, se quejaban de lo aburrida y monótona que resultaba su existencia. Año tras año viendo el mismo paisaje, el mismo agricultor, sufriendo las inclemencias del tiempo, la misma rutina en definitiva. Preferían que al final de la temporada, el viendo se las llevara a recorrer mundo, a conocer otros lugares, como ocurría con las hojas caducas de casi todas las especies.
Otra ráfaga la trasladó a una zona semidesierta de vegetación, en donde todo eran, cortezas, ramas agrietadas y hojas de un color castaño oscuro, algunas casi negro. Al rato se le acercó un gusanillo que pretendía almorzar y comprobó que Olivia no era nada jugosa y desestimó el bocado. La hojita entonces se hizo consciente de lo que significa la vejez y pidió disculpas al pobre gusano por no poder servirle de alimento.
A la pobre Olivia nunca le importó servir de alimento a otros seres de la naturaleza, pues sabía que después, su forma se regeneraba y así se sentía útil. El gusano le dijo que no se preocupara porque bajo su rugoso aspecto actual, le serviría de escondite en caso de que se acercara un pajarillo a comer gusanos y que así ella, le salvaría la vida.
Al rato observó como un jardinero la arrastraba con su rastrillo hasta un hoyo cavado en la tierra. Decía a su aprendiz que una vez llenado el foso, se cubriría con tierra, y en unos años, todo aquello serviría de abono para nuevas plantas.
Nuestra protagonista pasó mucho tiempo a oscuras, sintiendo como la vida se le apagaba lentamente. Sin embargo al mismo tiempo, notaba como una nueva energía brotaba de su interior y casi sin darse cuenta, esa energía se hacía más fuerte y poderosa.
Unos años después, en aquella zona brotó una amapola con sus hojas tiernas y henchidas. Cuando a la noche el sueño cubría toda la pradera, una de aquellas hojas soñaba y soñaba. Y en uno de sus sueños creía ser parte de un hermoso olivo, que daba una refrescante sombra a su cansado dueño, y enorme alegría, en tiempo de la recogida de aceitunas.
Nunca comprendió el motivo de aquellos sueños y tan solo llegó a preguntarse si aquello que los hombres llaman reencarnación, no sería algo muy diferente de lo que entienden los sabios humanos.










