Hoy es un día especial, de esos que pasan una vez al año y que todos apuntamos en la agenda como el día en el que hemos nacido. Llevo toda la semana pensando en que me vas a regalar, con que me vas a sorprender. Toda la semana me contestas con evasivas sin quererme decir exactamente nada de tu regalo.
Llego a casa después de un duro día de trabajo, en la puerta una nota, hoy es tú día y quiero que sea inolvidable para ti. Meto la llave en la cerradura, doy con cuidado la media vuelta y entorno la puerta, te veo detrás con una sonrisa tierna en los labios, vestido con ese traje que tanto me gusta gris marengo, esa camisa morada, esa corbata a juego, te vistes pocas veces así pero creo que es porque no sabes lo sexy que me resultas. Llevas un pequeño ramo de calas en la mano y me dices tímidamente “felicidades”. Sin duda esta imagen para mí no se borrará fácilmente.
Cojo el ramo, te beso en los labios, tierna, segura, con todo el cariño que soy capaz de dar a la persona que más quiero. Después de un tiempo indeterminado en el que mis labios están junto a los tuyos, fluyendo entre los dos esa magia que nos rodea, con mi corazón aún dando espasmos y mis mariposas aún recorriendo mi piel, me susurras al oído. – “ Esto no acaba más que empezar, princesa” . Su cabeza se gira para el comedor, que permanece oscuro, solo encendido con el tímido color de unas velas. La casa huele diferente, es como cuando hemos visitado algún sitio de costa, huele un poco como a mar. Has puesto en dos rincones incienso y además hay algo que no logro reconocer, no está la mesa pequeña que estaba delante del sofá y hay algo tapado con una especie de sábana en medio del comedor.
Cuando entramos logro ver algo mejor, es una especie de camilla, tu mano me suelta, dejo de sentir el calor que ella me trasmites, me miras con cara de niño travieso y me dices. – “Hoy es tu día solo tienes que dejarte llevar y disfrutar”. Tus manos expertas van directas a mis pantalones, me desabrochas y a la vez que me vas dejando desnuda de cintura para abajo, me vas besando las piernas, me quitas los zapatos, me quitas los calcetines, me quitas el pantalón y el tanga. Subes de nuevo a mis labios y tus manos rodean mi cintura, haciéndome sentir todas esas mariposas que en algún tiempo pensé olvidadas. Mientras rozas mi espalda vas subiendo mi camiseta, como siempre se resiste un poco los enganches del sujetador, pero finalmente se desabrochan, me subes finalmente la camiseta y me dejas totalmente desnuda.
Con tus manos me diriges a la camilla, me dices que me tumbe boca abajo… Pasan unos segundos hasta que vuelvo a sentir tus manos. Yo he cerrado los ojos, para dejarme llevar, para dejar que mi cuerpo goce totalmente de esta experiencia, porque como ya me has dicho es algo solo para mí y es algo que solo yo podré disfrutar en un día tan especial como este.
Oigo como abres un bote y como frotas tus manos, otro olor envuelve la habitación, es un olor cítrico, un olor como a mandarina, a naranja, a limón… no sé muy bien distinguirlo, pero está claro que es un olor envolvente que hace que de nuevo mis sentidos vuelvan a reaccionar, me tocas el cuello, ambas manos rodeándolo, tus pulgares haciendo juegos con mi nuca, mi respiración empieza a ser profunda, empiezo a relajarme para no dejar un solo segundo de disfrutar. Tus manos se deslizan suavemente en mi, pasas por mis brazos jugando en todo momento con tus dedos, hay algo de diferente hoy a otras veces de situación similar, hoy parece que sabes muy bien lo que estás haciendo hoy parece que sabes donde tocar cuando ves que en algún sitio por el estrés está algo congestionado.
Vuelves a mi espalda siento como tus manos abarcan mi espalda, siento como tus dedos juegan entre mis trapecios, intentando en cada momento relajar más y más toda mi espalda, vas bajando por ella como si no quisieras dejar un solo poro de mi piel sin llenarlo de caricias, de esas que tan dulces me están sabiendo, pasas por mis nalgas, pero no te recreas en ellas, pasas a mis piernas, mis muslos que sintiendo tus manos hay alguna cosquilla y hace que se encojan, mis gemelos que los tratas con especial cariño, porque sabes lo delicados que los tengo, sabes que son mi punto débil ya que me duelen con mucha facilidad… Tocas ligeramente mis pies, pero en seguida lo dejas, porque sabes que tengo muchísimas cosquillas. Así pasa el tiempo y vuelves a subir por todo mi cuerpo, acariciándolo, haciéndome sentir cada vez más relajada.
Vuelves a mis nalgas, pero esta vez si te recreas en ellas, juegas con ellas y mi relajación se vuelve excitación… Al poco te acercas a mi oído… me pides que me de la vuelta. Levanto mi cabeza, te veo enfrente con el traje aún puesto, pero no puede ser, como es que estás ahí… aún siento tus manos en mis nalgas, mi cara de extrañeza debe de ser un poema… Me doy la media vuelta, cierro los ojos y me dejo llevar…
Continuará...








