Hay momento en que se siente que la felicidad es un maldito espejismo y nosotros vamos tras de él, como el sediento tras el oasis falso y el desierto se alarga delante de nosotros y paso tras paso seguimos con la esperanza de alcanzarlo, pero tras ese esfuerzo solo agotamos las fuerzas y la muerte es lo único que se alcanza.
Te escurres,
como el hechizo que nunca
prendió en mi pecho,
como esas largas noches
donde el viento vagaba desnudo,
irónico y violento,
pero nunca volvía a ser.
Te escapas
de mis campos de malvas,
como los días que caminan lento,
que miran hacia atrás y no regresan,
como aquellas risas que en ecos
deslumbran a los oídos ciegos
pero no vuelven a sonar.
Huyes de mí, te alejas,
en un ligero vuelo de paloma,
cruzando entre estrellas y hojas que flotan
livianas por el cansancio de existir.
Si, te alejas como las horas
que se miran pequeñas y viejas
cuando la vida ya dio de sí.
Te apagas,
como farola en calle desierta
porque su luz ya no importa,
ya que los besos entre sombras
se han adormecido con el sol,
te apagas entre la frialdad del hielo
que brota de las entrañas del hastío,
que hace a todo parecido y triste.
Te acabas,
como termina el amor falso,
sin huella que marque al corazón,
ni besos que hallan plantado su aroma
en los pergaminos donde se escribe de pasión.
Así te vas y te dejo partir,
sin derramar una lágrima ni decirte adiós,
ya mi corazón no buscará encontrarte
ni mis manos querrán detenerte,
mis ojos serán ciegos ante tu lejana figura
y mis oídos sordos ante tu canto,
solo mi mente se bañará de recuerdos
de cuando eras mía, felicidad.
Parzival











