Abro por ello este hilo para ir colgando las arias, barcarolas, madrigales, romanzas, cantatas, etc, que más nos seduzcan.
Para empezar propongo la famosa aria "Nessun dorma", de la ópera Turandot, de Puccini. En dicha ópera, Calaf, un príncipe extranjero venido de remotas tierras, se enamora locamente de la insensible Turandot, una princesa de Pekín déspota y fría que hace ejecutar a todos sus pretendientes cuando no descifran los acertijos que ella les impone adivinar si aspiran a casarse con ella: quien los adivine se casará con ella y se convertirá en heredero al trono, pero quien falle, tendrá que ofrendar como castigo su cabeza al hacha del verdugo
. Calaf, enamorado hasta las trancas nada más verla, acepta el desafío y uno a uno va adivinando todos los enigmas que ella saca a la palestra. Superado de este modo el reto, exige su derecho a casarse con Turandot. Pero ésta se niega y pide a su padre que la exima de su obligación. Viendo la resistencia de Turandot, es entonces Calaf quien propone un acertijo, cual es que si a la mañana siguiente ella ha averiguado su nombre, entonces le liberará de su promesa de matrimonio. Turandot acepta el envite y ordena a todo su séquito que recorran durante toda la noche Pekín para preguntar a sus ciudadanos que revelen el nombre del extranjero si lo conocen, bajo pena de muerte. Nadie debe, pues, dormir esa larga noche en Pekín hasta que no quede desvelado el misterio que encierra el nombre del príncipe. Es entonces cuando Calaf, en medio de la noche, canta la famosa aria: que nadie duerma ("Nessum dorma"), porque da igual, esta seguro que llegará el alba y su misterio no habrá sido descubierto, con lo que habrá vencido: "all'alba vincerò". Aquí os dejo esta versión de dicha aria cantada por quien para mí es el que mejor lo ha hecho de todos los tiempos: el tenor Franco Corelli. Espero que os guste:










Me encantan ambas piezas. 


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¡Carmen, la pasión hecha mujer! Una pasión que forja cadenas de muchísima más enjundia que las del acero. Y en esas cadenas de la pasión queda atrapado, como no podía ser de otro modo, el bueno de don José. Pero ¡quién, con un mínimo de sangre corriendo por sus venas, no caería! Lo cierto es que cuando quiere darse cuenta, ya no hay posibilidad de escapatoria: está perdido para siempre.




