Odiar todo lo que parece amable o admirable, disminuir cualquier cosa a fuerza de bufonerías o bajas interpretaciones, ver en todos los asuntos una trampa en la que no hay que caer, decir para todo: “¡Oye tú, hombre mezquino, no te atrevas a pasarte de listo conmigo!”, es signo indubitable de cortedad de inteligencia pero de un máximo de prudencia. ¿Y qué vale más en este mundo rebosante de traidores, piratas, innobles, soplones y farsantes, ser inteligente o prudente; o bien, una combinación de ambos dando preferencia a ésta sobre aquella? Lo más sorprendente en el hombre prudente no es su maldad, sino su imponderable mala voluntad, su capacidad despreciativa incluso de sí mismo.
La verdad que el ser humano es a la vez perfecto e imperfecto, no hay un ser en la faz de la tierra con tanto potencial y con tanto afán de destrucción en general y autodestrucción en particular. La pregunta es, ¿somos culpables de ser como somos? .
El acto de dar vida a un ser asi, suponiendo que esto dependa de alguien o algo no es mas que obra de un juego macabro o de un lunático sadomasoquista aburrido.