Echo de menos no comer las uvas, aunque casi nunca conseguía terminar a tiempo.
No te preocupes, este año probaremos otra modalidad
Se sentaron frente al televisor, dejando las copas y la botella en una mesita junto a ellos. Comenzaron a sonar las campanadas y con la primera le cogió la mano y se la besó, con la segunda le besó el antebrazo, con la tercera el hombro, con la cuarta el otro hombro, con la quinta el escote, con la sexta la barbilla, con la séptima una oreja, con la octava la otra oreja, cvon la novena la frente, con la décima la punta de la nariz, con la undécima la comisura del labio y con la duodécima se fundieron en un apasaionado beso que duró toda la noche.....
Sus encuentros cuerpo a cuerpo se repitieron toda ansiosamente, apretados, jugosos, insaciables, sólo interrumpidos, brevemente, por una copa de champán, que apagaba la sed contenida para, minutos después, volver a empezar. Habían dejado de hablar; sólo se acariciaban, se miraban comprendiendo que los gestos eran más expresivos que las palabras. Se agolpaban las preguntas, pero no era el momento.
Avanzó la madrugada sin que permitieran que el sueño entorpeciera su placer. El deseo esperado, quizà inconscientemente, durante mucho tiempo no lo podían ni lo querían perder. La poseía con fuerza, sin darle tregua, incansable, y ella lo recibía con un placer que no recordaba haber sentido nunca. Poco a poco, sus caricias fuerno más delicadas, sus abrazos más reposados y el esfuerzo, el alcohol y el goce dejaron que el sueño les poseyera cuando la luz del alba se anunciaba en el horizonte.
Se trata de un extracto del libro EL AVISO de Esther Caño y María José Ríos.
Justo lo leí anoche y vi conveniente compartirlo con todos vosotros.
Y de paso se alguna se apunta a esta nueva modalidad de campanadas, pues que se acuerde de servidor,
Taluec











