¿Puede la cobardía conducir a un aletargamiento de las emociones? La cuestión, más allá de la extrañeza que en principio pudiera provocar, tal vez, si se analiza detenidamente, revele una complejidad mayor de lo que pudiera parecer.
Partamos de la premisa de que muy a menudo (y cuando digo muy a menudo no exagero en absoluto) ese terrible monstruo llamado rutina amenaza convertir la existencia en un devenir plano y gris, una especie de tedioso tránsito entre eriales yermos, sin apenas luz, una sucesión de sombras donde todo se antoja vacío como una pompa de jabón. No es una premisa exagerada, sino algo que sufren, al parecer, un elevado porcentaje de seres humanos, en especial los integrantes de estas modernas colmenas que conforman la que se ha dado en llamar sociedad de consumo.
Pero hete ahí que contra esa existencia anodina tienden de vez en cuando a alzarse en auxilio las huestes que componen el acervo sensorial y emocional de los afectados, un ejército que acuartelado en el interior de cada uno se rebela gritando a voces “muera el tirano”, unas voces que compelen a teñir de colorido el gris imperante, a colmarlo de rojos, amarillos, azules y verdes, a alumbrar la oscuridad con alguna que otra refulgente luz, a llenar el vacío con gozosas vivencias, a sembrar los eriales de salvaje floresta que acabe con su desolación, a vivir en definitiva, por más que ello exija valor, valor para atreverse a escapar de la angosta senda por la que en mecánica línea recta caminamos.
Y ahí surge la pregunta clave: ¿atendemos a tales voces o, lejos de ello, hacemos oídos sordos a las mismas? ¿Poseemos el valor necesario que requiere vivir o preferimos sólo existir en medio de nuestra asfixiante rutina? ¿Dejamos que la cobardía doblegue a nuestros sentidos, a nuestro instinto, o somos audaces y nos dejamos arrastrar por su llamada? ¿Apoya nuestra voluntad a la rebelión instada o, por el contrario, nos atrincheramos tras los siempre seguros, aunque insulsos, parapetos de la sobriedad y la moderación?
Mi opinión personal es que la mayoría de la gente es cobarde y se niega a escuchar la llamada de su naturaleza, las voces de sus propios sentidos, pese a ser sancionados por ello con ese letargo emocional que da título a este hilo, siendo así que vegetan en su páramo frío, henchidos de soledad (por más que puedan vivir entre multitudes), y en algunos casos, tristemente, también de envidia, envidia hacia aquellos otros que, en cambio, fueron intrépidos y no se resignaron a la mediocridad de una existencia huera de alegrías. Nietszche decía que éramos humanos, demasiado humanos. Sin embargo, es posible que tal vez lo seamos, por desgracia, cada vez menos.














