
"¡Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz! (Nm 6, 26).
Los rostros de los niños son una profecía de la humanidad que estamos llamados a formar: una familia de familias y de pueblos. Cuanto más pequeños son estos niños, más suscitan en nosotros ternura y alegría por una inocencia y una hermandad que nos parecen evidentes: lejos de sus diferencias, lloran y ríen del mismo modo, tienen las mismas necesidades, comunican espontáneamente, juegan juntos...
Los rostros de los niños son como un reflejo de la visión de Dios sobre el mundo. ¿Por qué, entonces, apagar sus sonrisas? ¿Por qué envenenar sus corazones? Lamentablemente, el icono de la ‘Madre de Dios de la ternura’ encuentra su trágico contrario en las dolorosas imágenes de tantos niños y de sus madres víctimas de guerras y violencias: prófugos, refugiados, migrantes forzados. Rostros excavados por el hambre y las enfermedades, rostros desfigurados por el dolor y la desesperación. Los rostros de los pequeños inocentes son un llamamiento silencioso a nuestra responsabilidad: ante su condición inerme, se derrumban todas las falsas justificaciones de la guerra y de la violencia. Debemos simplemente convertirnos a proyectos de paz, deponer las armas de todo tipo y comprometernos todos juntos en la construcción de un mundo más digno del hombre». (Homilía del Papa 1-Enero-2010).
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