Quería compartir unos poemas que últimamente me han tocado en lo más profundo:
MUERTE EN EL OLVIDO. Angel González
Yo sé que existo
porque tu me imaginas.
Soy alto porque tu me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos, con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita...
A VECES (Ángel González)
Escribir un poema se parece a un orgasmo:
mancha la tinta tanto como el semen,
empreña también más en ocasiones.
Tardes hay, sin embargo,
en las que manoseo las palabras,
muerdo sus senos y sus piernas ágiles,
les levanto las faldas con mis dedos,
las miro desde abajo,
les hago lo de siempre
y, pese a todo, ved:
¡no pasa nada!
Lo expresaba muy bien Cesar Vallejo:
"Lo digo y no me corro".
Pero él disimulaba.
COSTURA PROPIA. Luis Antonio de Villena
He ido muchas noches ataviado de tristeza,
hundiéndoseme el mundo a cada rato,
fingiendo entre los amigos que me interesa algo...
Me daba miedo quien me mirase,
y angustia me producía no ser perfecto,
tener que competir, luchar por el oficio, por la vida, el nombre...
Y pensaba: la tragedia de todos consiste en no ser Dios.
Todos quisiéramos ser un pequeño Dios omnipotente.
Y hacíamos bromas sobre la muerte, chistes sobre la soledad.
Pequeños disparates sobre el amor comprado.
(Y yo soñaba en ti, mamá, como lo único seguro).
Me daba miedo la autoridad, la ley, el mundo, el futuro.
Pensaba: Incluso si alguna vez me creí libre.
Y la noche me engañaba –como los amigos- con cierto parecido.
a bondad o indiferencia.
Y yo iba ataviado de tristeza
y hubiera querido llorar –no podía-
o simplemente hundirme lentamente.
Y me veía en una barca negra (acaso una gruta)
Navegando hacia un negro horizonte...
La tristeza me llena la cabeza de plomo,
los bolsillos de piedras,
las manos de artrosis dura
y tira de mí tanto hacía abajo
que me vuelve imagen verticalizada, estirada, de un espejo deformante.
Dame la tristeza, échamela –grita la soledad.
-Lánzame la pelota- repite el miedo.
Aquí, aquí, centra –reclama la angustia,
chútame a mí – y no sé qué agobio extraño lo sugiere
Solo sé que cuando voy ataviado de tristeza
quiero enraizarme en el sueño,
bogar en un río de calma
y susurrar junto al silencio: Dame la mano, mamá, ya he vuelto...
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