Es importante distinguir entre la soledad elegida y la soledad impuesta.
Se puede amar la tranquilidad, la intimidad y el silencio y sufrir enormemente viviendo en una soledad impuesta.
Cuando llevo mucho tiempo en compañía, aprecio el sosiego de estar conmigo a solas y me aplico activamente una cura de soledad: salir del trabajo y emprender un largo camino a pie, escuchando música; hacer escala en un parque que me viene de camino, donde las ramas de los sauces rozan el suelo; pasar unas horas en aquel rincón de mar que me devuelve sensaciones cálidas; leer uno o dos capítulos de mi libro en la terraza de un café...
Estas son las cosas en las que sueño y anhelo. A veces falta el tiempo.
Acotar la soledad es sencillo para los que la utilizamos como pausa, como un modo de silenciar la vida. Es sencillo y agradable.
Querer asumir una soledad impuesta, en cambio, es casi siempre una tarea inabarcable. Lo es incluso para los que disfrutamos de la soledad en pequeñas dosis, como un bálsamo.
















