La mentira ha sido a lo largo de la historia de la humanidad una constante universal. Mentir es decir lo contrario de lo que sentimos o pensamos. Declaramos algo de lo que estamos seguros, o por lo menos sospechamos, que es falso con la intención de ser creídos. Una mentira muy especial es la que hacemos por medio del fingimiento o la simulación.
En todas las culturas la mentira se ha considerado un acto inmoral. Pero de todos es sabido con cuanta facilidad encontramos justificación a nuestras mentiras. Desde el militar y el diplomático, que mienten por razones estratégicas, a estas Platón las llamaba “mentira noble”, hasta el político que ha hecho de la mentira su verdadera forma de ejercer la política, sin olvidar al periodista que en gran medida vive de ella, la mentira es una de las actividades humanas más enraizadas en nuestra sociedad de ahora y de todos los siglos.
La posibilidad de que la mentira desaparezca de nuestro entorno es prácticamente imposible. A pesar de estar mal vista por todos es algo inherente a la naturaleza humana y a los intereses humanos. Pero claro no todas las mentiras son del mismo calibre: está la mentira útil, con la que perseguimos un bien para nosotros o para nuestra gente; la mentira humorística, que en el fondo no es verdadera mentira ya que lo que persigue no es engañar sino hacer reír; y existe la mentira malvada con la que se persigue conseguir el mal para los demás, este el caso de calumnia.
El gran inconveniente de mentir es que se está obligado de por vida a mantenerse en la mentira y sobre la marcha ir inventado nuevas mentira que apoyen a la mentira primera. Que la mentira desaparezca de nuestras vidas es una utopía tan grande como el que desaparezca la pobreza, la injusticia o la guerra. Así que debemos acostumbrarnos a vivir en la mentira mientras vivamos en este mundo, sospecho que en el Otro la mentira habrá sido vencida.
He dicho “acostumbrarnos”, craso error por mi parte, pues ACOSTUMBRADOS ESTAMOS.






