Es sueño de otoño, me digo. Estar demasiado cansada, es el otoño. Perder peso, es el otoño. Arrastrar los pies por el ocaso, o el infierno, todo es otoño.
Paro y me caigo redonda sobre un puzzle de hojas rojas y secas. El charco salpica al señor. Y se agacha y me coge las manos. Y se agacha y me coge las manos y pregunta.
Es el otoño, le digo. Otoño en el que me despido para siempre. Otoño que trae adioses infinitos y sueño, mucho sueño. No es más que otoño, hojas que caen, que cambian, se renuevan. Y los ojos se cierran, se van cerrando. Y el señor me coge las manos y me golpea la mejilla, también la acaricia. Y yo me voy durmiendo, noto que el cielo se espesa y empieza a desaparecer el cansancio.
Ahora me apetece dormir, susurro. Necesito dormir los adioses, reposar las distancias, recalentar las ausencias. No se preocupe -insisto por última vez mientras me acomodo en el crujir de la acera repleta de hojas- solo es el otoño.


Yo que soy una entusiasta del otoño, ya quisiera tener palabras para describir ese agradable sensación, como solo tu lo has hecho 





Muy bonito tabubue, pero sigo preferiendo el verano.




