Manríquez y las abejas
Una reina abeja melífera se afanaba en la creación de un nuevo reino. Sus soldados los zánganos y las abejas hembras infértiles colaboraban sin descanso, pronto la colmena estuvo lista. Había sido construida en el tronco hueco de un viejo olivo centenario, situado en el centro una plazoleta circular rodeada por siete bancos de madera color oscuro y varias papeleras, una pequeña fuente situada justo después del banco número tres daba la impresión de precisión en el diseño de aquella plaza, sitio de reunión de muchos de sus vecinos, ancianos, niños y madres, anclada en una de las zonas de la ciudad más próspera y humilde.
Las abejas obreras debían hacer enormes sacrificios para recolectar la miel. Ya que el viejo olivo era el único árbol que respiraba en la plaza y las escasas zonas ajardinadas de aquella parte de la ciudad estaban a unos cuantos kilómetros.
Para las recolectoras de polen no era una distancia difícil de salvar, sino fuera por la cantidad de peligros que dentro de una ciudad habitada, trepitosa y llena de relojes apresurados, debían salvar.
El cruce de calles era su aventura más arriesgada para aquellas trabajadoras sin horarios, en muchas ocasiones eran atropelladas y estampadas en los parabrisas de los potentes coches rugientes que emergían como fieras del asfalto sin control, pisoteando el aire, con su extrema contaminación y aniquilando muchas vidas en sus carreras inútiles, hasta el próximo semáforo o intersección regulada por glorieta., ya que rara vez se adelanta corriendo más. Pero los flamantes coches debían ser valorados y el grito de atención más usado era la potencia y la aceleración de una máquina perfecta, diseñada para el confort, utilizada para la presunción.
A pesar de todas las barreras que contrariaban el propósito de la laboriosa colmena, aquellas luchadoras natas, pese a las bajas, conseguían mantener el colmenar a salvo de las visicitudes y reproducir año tras año el enjambre y sus existencias de miel.
Ahora que el tiempo ya no era algo vital en la vida de Manríquez, un viejo jubilado de pelo cano, peinado hacia atrás, cara surcada por la dureza de su vida, empleado como obrero permanente del oficio de turno, podía ser capaz de percibir los aromas y colores de todas las cosas que durante su juventud no se había parado a contemplar. Cada tarde se sentaba a observar el tránsito, flujos de coches incesantes, palpitando rutina, devorando minutos de personas sin tiempo que se dedican a mirar a los conductores que quedan atrapados en cada atasco. También la labor de la colmena, era observada con mucho interés por el anciano que era capaz de percibir la verdadera vida, sin prisas y sin miedos. A pesar de su edad avanzada se sentía útil y necesario, trabajador sin salario como aquellas abejas, lleno de proyectos por llevar a cabo y siempre trabajando altruistamente en beneficio de los demás.
Todas las mañanas a eso de las 7:30 horas Manríquez salía del portal de su casa provisto de una pala recogedora de basuras y de un cepillo doméstico. El utensilio estaba ajado por el uso de largas horas peinando desperdicios, juntando montones de inmundicias callejeras. Dibujaba el perfil de un vencido trabajador quemado por la explotación de patrón, dirigente explotador sin escrúpulos, fuera del humanismo se cubría de la capa de la avaricia sistemática que sangra a cada hombre simulando la acción de una garrapata carente de jugo. Dos grandes bigotes rancios y tiesos de fibras sintéticas desgastadas se abrían hacia la derecha e izquierda respectivamente, dejando un centro sin función .
Barría la calle rutinariamente con energía, cincuenta metros recogiendo excrementos de perro, papeles, botellas rotas, colillas al millar de cigarrillos malolientes, vómitos secos y demás inmundicias que los viandantes de las grandes ciudades suelen abandonar sin conciencia de respetar los espacios limpios de uso público, en la vía pública.
Cuando Leandro el barrendero del barrio, arribaba a la zona cerca de las diez, se encontraba con la labor de barrido realizada por aquel viejo . Nadie agradecía la labor de aquel extraño viejo, ni sus vecinos que lo miraban con cierto desdén por su humildad exagerada, ni la sociedad más cercana. Pero Leandro el barrendero que entendía el esfuerzo que aquel hombre realizaba cada mañana, sí que lo tenía en cuenta además de haber sembrado en él un sentimiento de alto aprecio. El trozo que aquél viejo barría, era el trozo de calle más limpio y respetable de la ciudad entera.
Solía recoger la prensa diaria en una estafeta cercana, que estaba enmarcada lejos de los kioscos públicos, según la ley, para evitar la competencia hacia la prensa de pago, el lugar era ya fijo y conocido por todos aquellos jubilados de pensiones estrechas, casi ajustadas por debajo de las necesidades básicas.
Con los tiempos se había convertido en difusión gratuita este tipo de prensa escrita, de ámbito local, que recogía con exactitud todas las noticias importantes que concernían al día de su publicación., muy de agradecer para aquellos viejos de escasos medios que disfrutaban de sus paseos matutinos en la recogida de los diversos periódicos que se ofertaban de manera altruista, ¡qué tiempos más distintos eran éstos! Muy diferentes a la escasez que vivieron en otros años juveniles de escasez hasta de víveres básicos, la opulencia y el derroche de los tiempos modernos los tenían un poco estupefactos.
Los autodefinidos eran su pasatiempo preferido para Manríquez, su ejercicio cerebral y cultural que más habilidosamente resolvía. Luego hacía las pequeñas compras preparaba su comida y ya a eso de las tres reposaba viendo las noticias del día, que casi siempre eran auténticos partes de guerra que le hacían temblar y lanzar gritos incoherentes contra todos aquellos personajes que agobiaban su bondad natural de hombre sencillo.
Se decía a sí mismo que un día escribiría una carta al defensor de la nación, que para él era su Presidente, ajeno a los cursos legales del batallaje del papeleo y quejas, suplicándole algo de cordura en aquellos sangrientos telepartes de desgracia. Después de una comida medida sin lujos pero sabrosa y equilibrada, un reposo sosegado era una delicia. Nada más indigesto que escuchar a aquellos presentadores sin gesto, de mirada perdida relatar desgracias ajenas sin sucumbir al impulso de involucrarse en las mismas.
Su carácter recio, amable y locuaz, pero con una dignidad por encima de los intereses terrenales, le hacían levantar una expectación especial, era un hombre que le sobraba corazón y sentimientos hacia todos los seres, humanos o no, que estaban siendo aplastados por otros.
A la edad de 75 años, que era la edad de Manríquez, la vida le había hecho recapacitar en la labor obrera, observando a aquellas abejas durante años, había aprendido a seguir siendo necesario a la sociedad, realizando actividades que lo mantuvieran activo.
Por las tardes después de su estancia en la plaza del olivo hueco, asistía a un curso de informática en el hogar del pensionista de su barrio, era uno de los alumnos más aventajados, navegar por internet, pinchar muchas hojas, contestar mensajes en foros, le tenían viril y juvenil, porque en la red no había años y muchas veces compartía juegos en línea con chicos de menos de veinte años.
Ya por la noche, en la soledad de esas paredes que habían mantenido los secretos de su vida de casado, recordaba cuando su mujer aún vivía y le preguntaba que iba a cenar o que botón de la camisa era el que había perdido. Aquellas manos ufanas del trabajo hogareño, aquel cariño permanente, aquellos ojos sinceros, entregados llenos de amor ya no lo observaban, ya no le decían abrígate, no tomes demasiado, cuídate.
Recordar a Flora era su martirio nocturno. Una lágrima descendía por el río surcado de una arruga profunda, sus ojos lloraban sin preguntar porque, simples, nostálgicos, asistían a las cataratas de recuerdos compartidos, de noches placenteras de los años mozos, de juventud, de sonrisas de una vida que se había ido tras aquella mujer tan ceremoniosa en su labor de obrera, tan importante en un mundo ajeno que no la supo valorar, salvo él, su amante fiel sin demora.
Una pieza más que en cualquier momento estaba preparada para desaparecer para entregarse a un olvido ¿quién le recordaría entonces? ¿Qué harían con sus pertenencias? . Quién le echaría de menos entonces? Sin hijos, sin amistades ya que habían ido desapareciendo eran escasos sus conocidos en aquella ciudad que se renovaba en la lujuria del estrés y la codicia.
Pensar que algún ser sin escrúpulos entraría en su casa atraído por el olor a carroña que su cuerpo inerte, carente de vida dejara, le hacían blasfemar improperios contra lo humanidad. Ver algún ser tirar a la basura sus fotos, sus recuerdos, sus muebles viejos, su ropa... Le destrozaban el alma. Así que resolvió con una amigo joven que había conocido en el hogar del pensionista que tras su muerte quemara todas sus cosas con su cuerpo, fotos de su vida, objetos personales de su mujer y el resto lo tirará él mismo, Daniel, el joven, encariñado por la dulzura y amabilidad de Manríquez se lo había prometido con una seriedad sepulcral.
El tiempo ese tiempo que tanto había querido detener era ahora su mejor calmante contra la soledad, pensaba en cada cosa vivida, cada detalle era anotado, cada caricia o palabra recibida por su dulce y tenaz Flora, la veía en cada rincón de la soledad de la casa, había noches que incluso la tocaba durmiendo a su lado, reteniendo el momento de abrir los ojos y encontrarse con la soledad de una cama vacía. Esos sueños llenos de vida eran recordados y almacenados en su mente juvenil con verdadera pasión.
Algunas veces se sentía tan solo, tan niño. Otras deseaba tumbarse y no despertar, que una muerte dulce lo secuestrase al fin liberándolo de una vida de reloj autómata si agujas que corría en la espera de un fin sin salida; la muerte.
Y así transcurría la vida de Manríquez mientras las abejas, como él mismo lo había sido, continuaban la labor de expandir sus panal y crear vida para las nuevas generaciones de insectos laboriosos que intentarían sobrevivir en el mundo sin espacio , donde los humanos marcan la locura frenética de la catástrofe de arrasarlo todo, sin piedad.
Las abejas obreras debían hacer enormes sacrificios para recolectar la miel. Ya que el viejo olivo era el único árbol que respiraba en la plaza y las escasas zonas ajardinadas de aquella parte de la ciudad estaban a unos cuantos kilómetros.
Para las recolectoras de polen no era una distancia difícil de salvar, sino fuera por la cantidad de peligros que dentro de una ciudad habitada, trepitosa y llena de relojes apresurados, debían salvar.
El cruce de calles era su aventura más arriesgada para aquellas trabajadoras sin horarios, en muchas ocasiones eran atropelladas y estampadas en los parabrisas de los potentes coches rugientes que emergían como fieras del asfalto sin control, pisoteando el aire, con su extrema contaminación y aniquilando muchas vidas en sus carreras inútiles, hasta el próximo semáforo o intersección regulada por glorieta., ya que rara vez se adelanta corriendo más. Pero los flamantes coches debían ser valorados y el grito de atención más usado era la potencia y la aceleración de una máquina perfecta, diseñada para el confort, utilizada para la presunción.
A pesar de todas las barreras que contrariaban el propósito de la laboriosa colmena, aquellas luchadoras natas, pese a las bajas, conseguían mantener el colmenar a salvo de las visicitudes y reproducir año tras año el enjambre y sus existencias de miel.
Ahora que el tiempo ya no era algo vital en la vida de Manríquez, un viejo jubilado de pelo cano, peinado hacia atrás, cara surcada por la dureza de su vida, empleado como obrero permanente del oficio de turno, podía ser capaz de percibir los aromas y colores de todas las cosas que durante su juventud no se había parado a contemplar. Cada tarde se sentaba a observar el tránsito, flujos de coches incesantes, palpitando rutina, devorando minutos de personas sin tiempo que se dedican a mirar a los conductores que quedan atrapados en cada atasco. También la labor de la colmena, era observada con mucho interés por el anciano que era capaz de percibir la verdadera vida, sin prisas y sin miedos. A pesar de su edad avanzada se sentía útil y necesario, trabajador sin salario como aquellas abejas, lleno de proyectos por llevar a cabo y siempre trabajando altruistamente en beneficio de los demás.
Todas las mañanas a eso de las 7:30 horas Manríquez salía del portal de su casa provisto de una pala recogedora de basuras y de un cepillo doméstico. El utensilio estaba ajado por el uso de largas horas peinando desperdicios, juntando montones de inmundicias callejeras. Dibujaba el perfil de un vencido trabajador quemado por la explotación de patrón, dirigente explotador sin escrúpulos, fuera del humanismo se cubría de la capa de la avaricia sistemática que sangra a cada hombre simulando la acción de una garrapata carente de jugo. Dos grandes bigotes rancios y tiesos de fibras sintéticas desgastadas se abrían hacia la derecha e izquierda respectivamente, dejando un centro sin función .
Barría la calle rutinariamente con energía, cincuenta metros recogiendo excrementos de perro, papeles, botellas rotas, colillas al millar de cigarrillos malolientes, vómitos secos y demás inmundicias que los viandantes de las grandes ciudades suelen abandonar sin conciencia de respetar los espacios limpios de uso público, en la vía pública.
Cuando Leandro el barrendero del barrio, arribaba a la zona cerca de las diez, se encontraba con la labor de barrido realizada por aquel viejo . Nadie agradecía la labor de aquel extraño viejo, ni sus vecinos que lo miraban con cierto desdén por su humildad exagerada, ni la sociedad más cercana. Pero Leandro el barrendero que entendía el esfuerzo que aquel hombre realizaba cada mañana, sí que lo tenía en cuenta además de haber sembrado en él un sentimiento de alto aprecio. El trozo que aquél viejo barría, era el trozo de calle más limpio y respetable de la ciudad entera.
Solía recoger la prensa diaria en una estafeta cercana, que estaba enmarcada lejos de los kioscos públicos, según la ley, para evitar la competencia hacia la prensa de pago, el lugar era ya fijo y conocido por todos aquellos jubilados de pensiones estrechas, casi ajustadas por debajo de las necesidades básicas.
Con los tiempos se había convertido en difusión gratuita este tipo de prensa escrita, de ámbito local, que recogía con exactitud todas las noticias importantes que concernían al día de su publicación., muy de agradecer para aquellos viejos de escasos medios que disfrutaban de sus paseos matutinos en la recogida de los diversos periódicos que se ofertaban de manera altruista, ¡qué tiempos más distintos eran éstos! Muy diferentes a la escasez que vivieron en otros años juveniles de escasez hasta de víveres básicos, la opulencia y el derroche de los tiempos modernos los tenían un poco estupefactos.
Los autodefinidos eran su pasatiempo preferido para Manríquez, su ejercicio cerebral y cultural que más habilidosamente resolvía. Luego hacía las pequeñas compras preparaba su comida y ya a eso de las tres reposaba viendo las noticias del día, que casi siempre eran auténticos partes de guerra que le hacían temblar y lanzar gritos incoherentes contra todos aquellos personajes que agobiaban su bondad natural de hombre sencillo.
Se decía a sí mismo que un día escribiría una carta al defensor de la nación, que para él era su Presidente, ajeno a los cursos legales del batallaje del papeleo y quejas, suplicándole algo de cordura en aquellos sangrientos telepartes de desgracia. Después de una comida medida sin lujos pero sabrosa y equilibrada, un reposo sosegado era una delicia. Nada más indigesto que escuchar a aquellos presentadores sin gesto, de mirada perdida relatar desgracias ajenas sin sucumbir al impulso de involucrarse en las mismas.
Su carácter recio, amable y locuaz, pero con una dignidad por encima de los intereses terrenales, le hacían levantar una expectación especial, era un hombre que le sobraba corazón y sentimientos hacia todos los seres, humanos o no, que estaban siendo aplastados por otros.
A la edad de 75 años, que era la edad de Manríquez, la vida le había hecho recapacitar en la labor obrera, observando a aquellas abejas durante años, había aprendido a seguir siendo necesario a la sociedad, realizando actividades que lo mantuvieran activo.
Por las tardes después de su estancia en la plaza del olivo hueco, asistía a un curso de informática en el hogar del pensionista de su barrio, era uno de los alumnos más aventajados, navegar por internet, pinchar muchas hojas, contestar mensajes en foros, le tenían viril y juvenil, porque en la red no había años y muchas veces compartía juegos en línea con chicos de menos de veinte años.
Ya por la noche, en la soledad de esas paredes que habían mantenido los secretos de su vida de casado, recordaba cuando su mujer aún vivía y le preguntaba que iba a cenar o que botón de la camisa era el que había perdido. Aquellas manos ufanas del trabajo hogareño, aquel cariño permanente, aquellos ojos sinceros, entregados llenos de amor ya no lo observaban, ya no le decían abrígate, no tomes demasiado, cuídate.
Recordar a Flora era su martirio nocturno. Una lágrima descendía por el río surcado de una arruga profunda, sus ojos lloraban sin preguntar porque, simples, nostálgicos, asistían a las cataratas de recuerdos compartidos, de noches placenteras de los años mozos, de juventud, de sonrisas de una vida que se había ido tras aquella mujer tan ceremoniosa en su labor de obrera, tan importante en un mundo ajeno que no la supo valorar, salvo él, su amante fiel sin demora.
Una pieza más que en cualquier momento estaba preparada para desaparecer para entregarse a un olvido ¿quién le recordaría entonces? ¿Qué harían con sus pertenencias? . Quién le echaría de menos entonces? Sin hijos, sin amistades ya que habían ido desapareciendo eran escasos sus conocidos en aquella ciudad que se renovaba en la lujuria del estrés y la codicia.
Pensar que algún ser sin escrúpulos entraría en su casa atraído por el olor a carroña que su cuerpo inerte, carente de vida dejara, le hacían blasfemar improperios contra lo humanidad. Ver algún ser tirar a la basura sus fotos, sus recuerdos, sus muebles viejos, su ropa... Le destrozaban el alma. Así que resolvió con una amigo joven que había conocido en el hogar del pensionista que tras su muerte quemara todas sus cosas con su cuerpo, fotos de su vida, objetos personales de su mujer y el resto lo tirará él mismo, Daniel, el joven, encariñado por la dulzura y amabilidad de Manríquez se lo había prometido con una seriedad sepulcral.
El tiempo ese tiempo que tanto había querido detener era ahora su mejor calmante contra la soledad, pensaba en cada cosa vivida, cada detalle era anotado, cada caricia o palabra recibida por su dulce y tenaz Flora, la veía en cada rincón de la soledad de la casa, había noches que incluso la tocaba durmiendo a su lado, reteniendo el momento de abrir los ojos y encontrarse con la soledad de una cama vacía. Esos sueños llenos de vida eran recordados y almacenados en su mente juvenil con verdadera pasión.
Algunas veces se sentía tan solo, tan niño. Otras deseaba tumbarse y no despertar, que una muerte dulce lo secuestrase al fin liberándolo de una vida de reloj autómata si agujas que corría en la espera de un fin sin salida; la muerte.
Y así transcurría la vida de Manríquez mientras las abejas, como él mismo lo había sido, continuaban la labor de expandir sus panal y crear vida para las nuevas generaciones de insectos laboriosos que intentarían sobrevivir en el mundo sin espacio , donde los humanos marcan la locura frenética de la catástrofe de arrasarlo todo, sin piedad.
Fin
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