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Consideraciones sobre la vida y la muerte
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Mensaje Consideraciones sobre la vida y la muerte 
Esta mañana leyendo el periódico LA NACION, me encontré con este artículo que me pareció muy interesante y educativo, sobre todo para estas Pascuas que están transcurriendo estos días.  Lo pongo aquí pues creo que es bastante ilustrativo y brinda una idea general de las diferentes concepciones religiosas de los diferentes pueblos de la historia.

Un abrazo a tod@s, y muy felices pascuas!


Cita:
Todas las culturas han tenido sus consideraciones sobre la muerte y han intentado responderse a su modo por el destino de ultratumba.

Por citar una cultura bien conocida, durante la civilización egipcia se construían enormes pirámides de piedra, con el solo fin de preservar el cuerpo del faraón para la eternidad.

Esto incluía complicados rituales para el entierro del cuerpo, que era momificado con la idea de preservarlo del paso del tiempo y asegurarle, así, la vida en el más allá. El sueño de los faraones y las inmensas riquezas con las que eran sepultados fueron violados, al principio por los saqueadores de tumbas y después por los arqueólogos y museólogos, que los exhiben hoy a nuestra morbosa curiosidad en las vitrinas de los museos.

¿Cuál era la concepción de la vida y de la muerte que tenía el pueblo judío?

Para los judíos, la amistad con Dios se desarrollaba en esta vida. El castigo o la recompensa por una conducta honrada tenían que verse aquí. Es por eso que muchas veces no se comprende por qué los justos sufren.

A estas inquietudes intenta responder el libro de Job. El sufre porque ha sido puesto a prueba, pero al final de la historia, según la teología clásica judía, se le devuelve con creces lo que ha perdido.

De ese modo, llegar a la vejez contemplando a los hijos de sus hijos y con una existencia serena parece ser la aspiración de todo judío piadoso.

Con el paso del tiempo empieza a concebirse la idea del Sheol, el lugar adonde van a parar los muertos. No es, precisamente, un lugar de alegría. Más bien es todo lo contrario. Es como una existencia en sombras, sin valor, sin alegría, casi como vivir en un medio sueño: el sueño de la muerte.

Es el lugar adonde se desciende y del que no se vuelve a subir jamás. Como se ve, la concepción de Israel es diferente de la de otros pueblos.

Tardíamente, en el siglo segundo antes de Cristo, cuando se extiende el dominio de los persas, Antíoco IV decide imponer el helenismo en Jerusalén. Se proclama un decreto de prohibición de las prácticas judías y se impone el culto a Zeus. Los que renuncian a sus tradiciones son a los favorecidos.

Comienza a gestarse una resistencia interna en torno de la figura de Judas Macabeo. Quienes integran este grupo combaten el mal presente en esta nueva forma de totalitarismo religioso y comienzan a profesar firmemente que, si tienen que morir por la fe, Dios los resucitará. En cambio, los injustos correrán la suerte del castigo, es decir, la pena del infierno.

Esta corriente de pensamiento se plasmó entre los fariseos. Los saduceos, en cambio, negaron la resurrección.

Jesús, en cuanto a las creencias sobre la muerte y la resurrección, adhiere a la tradición de los fariseos. El es el justo que entregará su vida por la salvación de todos. También advierte sobre el peligro que acecha después de la muerte a quienes hayan despreciado la justicia divina. En el texto de San Mateo, 25, en el que Jesús se refiere al juicio final, se dice que serán convocados todos los pueblos de la tierra y serán separados los justos y los pecadores. El juicio versará sobre las obras de amor y misericordia: “Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, era forastero y me recibieron, estaba desnudo y me vistieron, estaba en la cárcel y vinieron a verme”. Jesús se identifica con aquellos a quienes les hicimos o les negamos estas cosas. Dice que es como habérselas hecho o negado a él. Los justos irán a la vida eterna; los réprobos, al castigo eterno.

Jesús muere en la cruz de un modo penoso y cruel, acompañado por unos pocos, como suele pasar en la hora del fracaso. Aferrado a la cruz, e inmóvil, está haciendo algo más valioso que todos los milagros individuales que hizo a lo largo de su vida: está batallando con la muerte.

Quiere morir para ser engullido por las garras del abismo y allí, en su seno, en esa tierra de sombras, hacer brillar la luz de la vida para siempre. Se deja llevar al Sheol, pero es el primero que desciende para volver.

En una antigua homilía del siglo II, nos dice su autor, refiriéndose al descenso de Cristo a los infiernos:

“¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la Tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está sobrecogida, porque Dios se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios hecho hombre ha muerto y ha conmovido la región de los muertos. «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz» (Ef. 5,14).Y, refiriéndose a Adán, le dice: «Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho hijo tuyo. Y ahora te digo que tengo poder de anunciar a todos los que están encadenados: salid, y a los que están en tinieblas: sed iluminados, y a los que duermen, levantaos»”.

Es decir que este descenso a las entrañas de la muerte tiene la función de llegar hasta el lugar de donde nadie ha vuelto para rescatar de él a todos los justos nacidos antes de Cristo.

El no resucitará solo en la noche misteriosa de la Pascua, porque Jesús ha liberado a los vivos y a los muertos de las cadenas de la muerte.

Hace dos años tuve la gracia de concelebrar la Vigilia Pascual en el Santo Sepulcro de Jerusalén, en un profundo recogimiento.

En el momento en que se conmemora la resurrección del Señor, un sacerdote emerge desde la oscuridad de la tumba con una vela encendida. Esa pequeña luz titilante anuncia el final de la mayor de todas las batallas, el triunfo de Jesús sobre las sombras del Sheol y de la muerte. Es el que volvió para contarlo y para no morir jamás.

El presbítero Guillermo Marcó es director de la Pastoral Universitaria del Arzobispado de Buenos Aires.


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