Aquel encantador de serpientes le regaló una noche mágica, el más especial sueño que jamás había vivido y, así, el amanecer le sorprendió entonando una canción de amor.
Más tarde el sol, sin que la luna se diera cuenta, le puso sobre aviso y pudo sentir cómo el encantador silenciaba su música y continuaba su camino sin mirar atrás.
Pero no quería una soledad llena de recuerdos; por eso decidió vivir mientras se sintiera viva y siguió también su rumbo.
Soy feliz, le dijo al sol, por haber tenido el privilegio de vivir este momento y afortunada por haber querido el destino que así fuera. Tal vez en el próximo recodo encuentre que soy la embrujadora y la que regale una noche de magia y amor. Y cuando después reemprenda mi camino, sin tampoco mirar hacia atrás, sonreiré sabiéndome hechicera del fuego y la llama de un conjuro. Estaré orgullosa de ser la más fiel amiga de mis amantes y la portadora de este envidiable bagaje.
Así escuchó la noche al día y así perfiló su destino, sintiéndose inmensamente agradecida a su encantador de serpientes.
Aquel mago, al que ya no esperaba para sentirse viva, volvió a llamarle, y cuantas veces lo vio se sintió privilegiado por haber recibido el regalo de una noche mágica de amor.



