Gerardo y su jardín
Había una vez en una pequeña isla bañada por las aguas del océano Atlántico un erizo de tierra muy bravucón que se alimentaba a placer de toda clase de insectos. Era muy feliz con los otros erizos, vivían juntos en inmensa prole sin depredador alguno que los incordiara ,ya que al ser el terreno planicie árida de roca volcánica, no crecía ni un solo árbol, ni existían montañas donde poder posarse ninguna ave de presa que los exterminara . La comida era abundante, despensas enteras de insectos los aguardaban , la vegetación era pobre, propia de climas calientes . Escarabajos, ciempiés, hormigas eran los más desarrollados en las colonias abundantes que existían bajo tierra.
Los erizos expertos escrutadores del terreno árido los hallaban fácilmente . Solían vivir socavando madrigueras profundas en el desierto, pero aquí al sentirse seguros y a salvo, vivían al raso sin albergar miedo.
Pero como dicen que siempre hay en todas las comunidades un ser malévolo, aquí no había excepción y se confirmaba la regla en un erizo de mal carácter que se sentía el rey de todos los demás. Tal era su osadía que quiso medir las fuerzas con un humano, que ajeno a los pensamientos del erizo pretendía crear un jardín de flores en aquel clima donde todo eran rocas volcánicas, arenas duras y muchos cactus. Eso encolerizó de forma suprema al erizo que admiraba con devoción de santo, las hermosas púas de sus congéneres y los cactus como la única que se debiera percibir en aquel espacio de tierra carente de agua.
Gerardo el jardinero de aquella tierra sin olor, cultivaba un pequeño huerto de flores con suma maestría donde los jacintos, narcisos, violetas y tulipanes adornaban la vida en primavera siendo los antecesores en verano de los claveles, rosas , lirios, jazmines y geranios que terminaban de iluminar aquel pequeño paraíso que aquel viejo creaba años tras año con mucha labor y sacrificio.
El erizo envidioso por la belleza de las flores, su ternura y su olor, no quería que aquellas hermosas plantas tuvieran éxito, eran forasteras, no eran de allí, sólo las púas debían tener opción a subsistir. Los demás erizos admiraban la mano del esforzado viejo, porque era todo un regalo para la vista y el olfato, la belleza de aquellas silenciosas plantas que a nadie molestaban pero el erizo receloso de cualquier novedad que cambiara su mundo, ideó una trama para acabar con el maravilloso jardín del pobre Gerardo.
El clima tropical que ahondaba en la isla, donde el calor se mantenía invariable durante toda la época del año y las lluvias apenas existían salvo una pequeñas gotas muy escasas arrojaban un paisaje desolador; bolas de pinchos, vientos calientes y muchos cactus de todas las especies eran la única flora además de plantas duras y feas, armadas de pinchos y púas. Aquella planicie semi volcánica, erosionada de forma constante por vientos calientes y duros, algunas veces semejaban la muerte misma de la vida, salvo por el hermoso jardín del abuelo que era visible incluso desde el aire, dotando de vida una tierra roja ausente de vegetación, exceptuando a los escasos recogedores de agua ; los cactus.
Día tras día nuestro amante de las flores, lloraba lágrimas amargas al descubrir el expolio a su pequeño huerto. Sus ojos se abrían desmesuradamente, atónitos al mensaje visual que el entorno ofrecía. El hombre era preso de un intenso dolor que repiqueteaba su corazón, al ver sus preciosas flores arrancadas sin argumento alguno de la tierra, carcomidas desde la raíz por algún animalito .
Apretaba sus puños de rabia, maldecía , plañía como un niño, mientras trataba de salvar a sus amigas las plantas que todavía conservaban sus raíces.
El anciano cabizbajo comenzó a cavilar sobre el animalito que sería el causante de su desgracia. Sus manos duras y fuertes sujetaban su cráneo, sentado en el suelo, con las piernas tocando su cabeza, mientras sus neuronas se esforzaban en encontrar al culpable. Se decía una y otra vez que allí no había conejos ni ratas, sólo una inmensa plaga de erizos, pero éstos no comían raíces. Los consideraba beneficiosos para el equilibrio natural de la vida, ya que acababan con las plagas de langosta africana, cuando caían en formas de nubes devoradoras y asoladoras sobre la isla. La proliferación de insectos estaba también contenida por ellos. No se atrevía a culpar a los erizos de su mal, pero como cada noche se iba y cuando volvía al amanecer estaba el huerto destrozado , su experiencia lo aconsejó para descubrir al culpable en no forjar criterios previos y observar el misterio de tanta desdicha una noche.
Así fue como Gerardo descubrió al erizo en pleno acto maléfico, acechó muy atento iluminado por un claro de luna los actos cometidos destrozando el huerto y lleno de rabia las entrañas, se fue dilucidando el posible remedio para contener la venganza del salvaje erizo.
A los pocos días los erizos que tomaban el sol sin temor de nadie porque eran respetados por el único hombre que habitaba aquel trozo de isla, vieron llegar a nuestro anciano acompañado de un pequeño animal de orejas puntiagudas y afiladas, color rojizo y grandes ojos negros, como nunca vieron nunca a un lobo, siguieron tranquilos tomando el sol, sentianse a salvo del peligro que les acechaba.
Al ver el lobo etíope depredador hambruno de erizos en el desierto en Etiopía, tierra autóctona desde donde el laborioso cultivador de flores lo hizo traer, yacer tan placidamente a los erizos , no pudo más que sentir apoderarse de él un deseo por mascar una bocanada nutritiva con forma de erizo. Acto seguido, sus fauces se llenaron de forma mecánica de babas , brotaban de su boca como una cascada que dejase fluir una corriente por ambas partes de su boca , el lobo las dejaba caer regando el suelo árido de escasas gotas , mientras iniciaba una trepidante carrera carente de estrategias hacia los confiados animalitos que nada temían de su desconocido acechador.
En apenas unos minutos el lobo destrozó a bocados rabiosos varios erizos, dejándolos malheridos a algunos en la arena polvorienta del desierto. Gritaban agonizando sus últimas palabras mientras exhalaban respiraciones de vida, todos sonaban de una manera muy lastimera ,pero nada paraba ya la matanza que estaba protagonizando el etíope, que proseguía su despiece como el que entra en una reserva de alimentos y comienza a amontonarlos para cuando tenga ganas de saciar su hambre tener alimento sin poner a trabajar el ingenio para conseguir el bocado.
Nuestro presuntuoso y destroza jardines se salvó del aniquilamiento de la alimaña carnívora, fue el único en sobrevivir a aquel destrozo de animales. Se salvó porque cuando era joven había vivido en Etiopía y fue perseguido por innumerables zorros, sabiendo resguardarse de sus ataques con gran habilidad corrió a esconderse en el huerto, hasta que el lobo dejó de matar a tus compañeros y comenzó a engullir algunos.
Ahora era él el que lloraba sin consuelo. Toda aquella desgracia les había acontecido por su incordio hacia el jardín de las preciosas flores que el anciano cultivaba. Quiso divertirse destrozando la ilusión y el cariño por la naturaleza de un pobre hombre y en recompensa, el dueño de todo aquello, una persona que jamás había cometido un acto malvado hacia aquella prolífica comunidad de erizos , les había dotado de un exterminador natural.
Gerardo al encontrar al único superviviente de los erizos, no pudo menos que sentir compasión por aquel animalito indefenso y siendo benevolente le perdonó la vida. Construyó una jaula dentro del jardín y decidió que el castigo del último superviviente de aquella malvada colonia de erizos viviría el resto de sus días en cautiverio, contemplando hasta el fin de sus días la belleza que su comunidad no supo respetar.
Pero el pobre erizo, lleno de remordimientos y solitario por primera vez en su vida, comprendió el significado y la magia de todas aquellas flores, ahora las oía cantar, saboreaba su belleza y color y lo que nunca tuvo sentido para él, fue por arte de magia, su único motivo para vivir, incluso amaba al anciano, por perdonarle la vida y lo esperaba ansioso, día tras día.
Ahora amaba y respetaba, comprendiendo la soledad y la importancia que puede llegar a tener lo aquello que nos llena de felicidad, llenándonos de la alegría suficiente para sobrevivir.
Su único sostén eran las flores y el viejo, lo que en el pasado odió ahora era amado.
Los erizos expertos escrutadores del terreno árido los hallaban fácilmente . Solían vivir socavando madrigueras profundas en el desierto, pero aquí al sentirse seguros y a salvo, vivían al raso sin albergar miedo.
Pero como dicen que siempre hay en todas las comunidades un ser malévolo, aquí no había excepción y se confirmaba la regla en un erizo de mal carácter que se sentía el rey de todos los demás. Tal era su osadía que quiso medir las fuerzas con un humano, que ajeno a los pensamientos del erizo pretendía crear un jardín de flores en aquel clima donde todo eran rocas volcánicas, arenas duras y muchos cactus. Eso encolerizó de forma suprema al erizo que admiraba con devoción de santo, las hermosas púas de sus congéneres y los cactus como la única que se debiera percibir en aquel espacio de tierra carente de agua.
Gerardo el jardinero de aquella tierra sin olor, cultivaba un pequeño huerto de flores con suma maestría donde los jacintos, narcisos, violetas y tulipanes adornaban la vida en primavera siendo los antecesores en verano de los claveles, rosas , lirios, jazmines y geranios que terminaban de iluminar aquel pequeño paraíso que aquel viejo creaba años tras año con mucha labor y sacrificio.
El erizo envidioso por la belleza de las flores, su ternura y su olor, no quería que aquellas hermosas plantas tuvieran éxito, eran forasteras, no eran de allí, sólo las púas debían tener opción a subsistir. Los demás erizos admiraban la mano del esforzado viejo, porque era todo un regalo para la vista y el olfato, la belleza de aquellas silenciosas plantas que a nadie molestaban pero el erizo receloso de cualquier novedad que cambiara su mundo, ideó una trama para acabar con el maravilloso jardín del pobre Gerardo.
El clima tropical que ahondaba en la isla, donde el calor se mantenía invariable durante toda la época del año y las lluvias apenas existían salvo una pequeñas gotas muy escasas arrojaban un paisaje desolador; bolas de pinchos, vientos calientes y muchos cactus de todas las especies eran la única flora además de plantas duras y feas, armadas de pinchos y púas. Aquella planicie semi volcánica, erosionada de forma constante por vientos calientes y duros, algunas veces semejaban la muerte misma de la vida, salvo por el hermoso jardín del abuelo que era visible incluso desde el aire, dotando de vida una tierra roja ausente de vegetación, exceptuando a los escasos recogedores de agua ; los cactus.
Día tras día nuestro amante de las flores, lloraba lágrimas amargas al descubrir el expolio a su pequeño huerto. Sus ojos se abrían desmesuradamente, atónitos al mensaje visual que el entorno ofrecía. El hombre era preso de un intenso dolor que repiqueteaba su corazón, al ver sus preciosas flores arrancadas sin argumento alguno de la tierra, carcomidas desde la raíz por algún animalito .
Apretaba sus puños de rabia, maldecía , plañía como un niño, mientras trataba de salvar a sus amigas las plantas que todavía conservaban sus raíces.
El anciano cabizbajo comenzó a cavilar sobre el animalito que sería el causante de su desgracia. Sus manos duras y fuertes sujetaban su cráneo, sentado en el suelo, con las piernas tocando su cabeza, mientras sus neuronas se esforzaban en encontrar al culpable. Se decía una y otra vez que allí no había conejos ni ratas, sólo una inmensa plaga de erizos, pero éstos no comían raíces. Los consideraba beneficiosos para el equilibrio natural de la vida, ya que acababan con las plagas de langosta africana, cuando caían en formas de nubes devoradoras y asoladoras sobre la isla. La proliferación de insectos estaba también contenida por ellos. No se atrevía a culpar a los erizos de su mal, pero como cada noche se iba y cuando volvía al amanecer estaba el huerto destrozado , su experiencia lo aconsejó para descubrir al culpable en no forjar criterios previos y observar el misterio de tanta desdicha una noche.
Así fue como Gerardo descubrió al erizo en pleno acto maléfico, acechó muy atento iluminado por un claro de luna los actos cometidos destrozando el huerto y lleno de rabia las entrañas, se fue dilucidando el posible remedio para contener la venganza del salvaje erizo.
A los pocos días los erizos que tomaban el sol sin temor de nadie porque eran respetados por el único hombre que habitaba aquel trozo de isla, vieron llegar a nuestro anciano acompañado de un pequeño animal de orejas puntiagudas y afiladas, color rojizo y grandes ojos negros, como nunca vieron nunca a un lobo, siguieron tranquilos tomando el sol, sentianse a salvo del peligro que les acechaba.
Al ver el lobo etíope depredador hambruno de erizos en el desierto en Etiopía, tierra autóctona desde donde el laborioso cultivador de flores lo hizo traer, yacer tan placidamente a los erizos , no pudo más que sentir apoderarse de él un deseo por mascar una bocanada nutritiva con forma de erizo. Acto seguido, sus fauces se llenaron de forma mecánica de babas , brotaban de su boca como una cascada que dejase fluir una corriente por ambas partes de su boca , el lobo las dejaba caer regando el suelo árido de escasas gotas , mientras iniciaba una trepidante carrera carente de estrategias hacia los confiados animalitos que nada temían de su desconocido acechador.
En apenas unos minutos el lobo destrozó a bocados rabiosos varios erizos, dejándolos malheridos a algunos en la arena polvorienta del desierto. Gritaban agonizando sus últimas palabras mientras exhalaban respiraciones de vida, todos sonaban de una manera muy lastimera ,pero nada paraba ya la matanza que estaba protagonizando el etíope, que proseguía su despiece como el que entra en una reserva de alimentos y comienza a amontonarlos para cuando tenga ganas de saciar su hambre tener alimento sin poner a trabajar el ingenio para conseguir el bocado.
Nuestro presuntuoso y destroza jardines se salvó del aniquilamiento de la alimaña carnívora, fue el único en sobrevivir a aquel destrozo de animales. Se salvó porque cuando era joven había vivido en Etiopía y fue perseguido por innumerables zorros, sabiendo resguardarse de sus ataques con gran habilidad corrió a esconderse en el huerto, hasta que el lobo dejó de matar a tus compañeros y comenzó a engullir algunos.
Ahora era él el que lloraba sin consuelo. Toda aquella desgracia les había acontecido por su incordio hacia el jardín de las preciosas flores que el anciano cultivaba. Quiso divertirse destrozando la ilusión y el cariño por la naturaleza de un pobre hombre y en recompensa, el dueño de todo aquello, una persona que jamás había cometido un acto malvado hacia aquella prolífica comunidad de erizos , les había dotado de un exterminador natural.
Gerardo al encontrar al único superviviente de los erizos, no pudo menos que sentir compasión por aquel animalito indefenso y siendo benevolente le perdonó la vida. Construyó una jaula dentro del jardín y decidió que el castigo del último superviviente de aquella malvada colonia de erizos viviría el resto de sus días en cautiverio, contemplando hasta el fin de sus días la belleza que su comunidad no supo respetar.
Pero el pobre erizo, lleno de remordimientos y solitario por primera vez en su vida, comprendió el significado y la magia de todas aquellas flores, ahora las oía cantar, saboreaba su belleza y color y lo que nunca tuvo sentido para él, fue por arte de magia, su único motivo para vivir, incluso amaba al anciano, por perdonarle la vida y lo esperaba ansioso, día tras día.
Ahora amaba y respetaba, comprendiendo la soledad y la importancia que puede llegar a tener lo aquello que nos llena de felicidad, llenándonos de la alegría suficiente para sobrevivir.
Su único sostén eran las flores y el viejo, lo que en el pasado odió ahora era amado.
Fin








