Desde las páginas de una leyenda desteñida por el paso del tiempo,
hasta las mestizas riberas forjadas por sirenas de vela y sable.
Desde los adoquines satinados por el carmín de la derrota y la gloria,
hasta los mercados de babel, que bailan al compás de propios y ajenos,
fui buscando una parte de su historia:
la que aplaude ante el amor de las guitarras gallardas y los violines gentiles,
la que dibuja el rostro de quienes nos ven llegar y casi nunca nos despiden.
Esa historia suya que se debate entre la nostalgia y el miedo,
entre lo malgastado y lo perdido,
entre la arrogancia del viejo anfitrión y la inseguridad del nuevo invitado.
De pronto, cuando casi me daba por vencida y desde las escaleras de un tobogán, una niña me lanzó un beso con la palma de su mano. Me quedé mirándola, sorprendida, desconcertada. Nunca la había visto y sin embargo… había algo en sus ojos…
Y así, cuando casi ne daba por rendida me di cuenta de todo.
Aquella mirada me enseñó que todo estaba a mi alrededor; que tan solo necesitaba abrir el abanico de mis cinco sentidos y atrapar el trocito de historia que me traería cada uno de ellos, la historia que realmente me importaba, la que en realidad estaba buscando.
Le devolví el beso y con él todo mi entendimiento.
Por eso a ella, a quien debo el placer de haber aprendido, le dedico este pequeño rincón de mi alma de viajero.
Stambul, 2008





y si es tuyo te felicito 