Este relato se lo dediqué a mi mejor amigo pero ahora lo comparto, para todas las personas que estén tristes hoy.
No caminaba, arrastraba los pies sobre aquel montón de hojas secas que parecían cenizas. Había demasiado sol para su gusto. Los dardos achicharraban la piel. Cada vez que tocaba un árbol, este inmediatamente se derrumbaba levantando polvo. ¡Cómo le ardía el pecho cuando eso pasaba! Era como si el polvo fuera recuerdos tristes, miedos o dudas profundas. ¡Qué horrible mirar aquí y allá y no ver más que los estragos de un bosque maltratado! Quería salir de ahí pero no encontraba el camino.
-¡Me quiero morir!-Gemía con desesperación.-¡No aguanto! ¡Me quiero morir!
La felicidad le parecía sencillamente inalcanzable. Si alzaba la mirada se quedaba ciego por aquel sol inclemente que alumbraba cosas que le revolvían el estómago.
Se dejó caer con su rostro marchito de tanto llorar.
-¡Un bueno para nada! Eso es lo que soy.
Se sentía peor que una raíz de tierra seca.
-¿Qué voy a hacer ahora?
Mil preguntas, mil maldiciones y lamentos desfilaban por su mente haciéndole doler la cabeza.
-No vale la pena. No vale la pena.
¿Qué era eso que veía? ¡Ja! Otra ilusión. Otra jugarreta de su imaginación. Porque en donde quiera que posara sus ojos sólo había hojas secas, polvo, cadáveres de insectos. Su primer impulso fue patear aquella florecita hasta dejarla como un amasijo negro. Sin embargo, le concedió una segunda mirada. Una flor pequeña, pequeñísima, tan delicada y frágil que se veía pero sus pétalos suaves inspiraban algo nuevo.
-¿Por qué? ¿De dónde salió esa flor? ¿Por qué si no la merezco?
En todo ese bosque interminable que llevaba horas y horas recorriendo, acababa de encontrarse una flor nada más. No había otra. Era esa. Podía aplastarla, ignorarla o tomarla pero ahí estaba y se le aparecía a él. Tal vez, después de todo, sí la merecía. ¿Por qué no tomarla? ¿Por qué no intentar? Podía hacerlo. En todo caso, necesitaba hacerlo. Se inclinó lentamente, torpemente, para acariciar los pétalos. Cerró los ojos y dejó que brotaran las lágrimas pero eran lágrimas diferentes, limpiaban el polvo de sus mejillas. Respiró hondo mientras su alma se llenaba de palabras de ánimos que murmuraba una voz hasta entonces desconocida. Al abrir sus ojos, el sol no quemaba. Podía ver con más claridad la sonrisa que enviaba desde lo alto.







