Eran las ocho. Los ojos abiertos sin sueño mirando al vacío inmenso de su techo blanco Poco importaba que fuera domingo. No disfrutaba desde hacía tiempo de ningún placer. Sólo vivía atento a los cambios de las agujas del reloj sin que se rompiera la monotonía de su vida. Hacia las mismas cosas como un autómata adoctrinado por el paso de los años con sabor a desdicha y aislamiento.
Se levantó de la cama con sus ojos cansados se volvió a mirar al espejo. La misma mirada de persona sin vida de siempre. Ojos sin brillo, cuerpo blanquecino, barba prominente y dura y unas cuantas canas alertadoras de que la edad iban dejando señales de los años vividos.
Después del desayuno siempre café con mucho azúcar y bollería extra dulce, consiguió sonreír. Hoy iría al monte. Necesitaba respirar aire puro y ver algo de vida. Para ello se vistió informal, las mismas zapatillas viejas de siempre y chándal. Se entretuvo en cambiar algo, necesitaba tener algo nuevo cada domingo que le hiciera olvidar la secuencia vivida del anterior, así que cada vez cogía un objeto distinto, esta vez un paraguas le acompañaría en un día de sol. La imagen de su esposa fallecida en accidente de tráfico le mandó un beso de amor desde el marco que colgaba frente a la puerta de salida de la casa.
Ya no necesitaba más. Ahora la música de un bolero lo enredaba en mil abrazos consumados en las noches de pasión que vivió junto a Luna su mujer. Que bien les fue el amor durante un tiempo, cada vez que recordaba que un día llegó a molestarle hasta la presencia de ella a su lado, sentía ganas de arrancarse la piel y sangrar por todos sus poros la estupidez innata de haber perdido tantos alientos dulces de su amada mujer. Que dura era la vida cuando uno se da cuenta de que tuvo todo lo necesario a su lado y que no lo valoró como el tesoro más hermoso.
Conducir y sentir el peso de su conciencia. Veía la carretera y era tan fácil apretar y terminar de una vez. Pero era tan cobarde que tenía miedo de quedar inútil y no poder quitarse la vida él mismo, siendo obligado a vivir en cualquier Infierno institucional por pura devoción a la muerte divina llamada vida parásita del enfermo irrecuperable.
Al fin llegó a su destino. Caminó monte arriba parándose a contemplar la belleza de los pinos, su olor, el matorral, las amapolas y el romero, la manzanilla brotando en los bordes de las sendas. Incluso un pequeño conejo fue descubierto. Durante una hora subió sin parar ni un segundo a descansar. Le encantaba el reto de sentirse derrotado y sacar las fuerzas suficientes para continuar, era el mismo ejercicio cerebral que hacía cada día para poder aguantar otro más.
Al llegar la refugio se quedó confuso. Algo irritado quiso expulsar a la intrusa de su territorio de paz, una mujer de físico agradable y grandes ojos negros lo miraban de forma amigable esperando poder saludarle.
Se nota que está acostumbrado a subir, le he visto caminar sin parar hasta aquí- Dijo Quina que así se llamaba al tenerlo próximo a ella-
Sin duda no sabe Ud. Que no debería estar aquí y menos sola, no es espacio para mujeres- Contestó con acritud Antonio esperando hacerla desistir del propósito de tener una charla amigable-
Vaya, quizás tiene razón. Muy amable por su interés en mí, pero soy mujer solitaria y valiente, estoy acostumbrada a subir montes y nunca me he encontrado nadie problemático- Respondió ella a media sonrisa esperando ser contestada cordialmente-
Eso fue hasta hoy, sino se marcha pienso tirarla monte abajo ahora- Gritó con voz imperante sumamente amenazadora él mientras su boca se torcía con un claro desdén de disgusto-
Quina, lejos de asustarse le quitó importancia al asunto. Sin decir palabra recogió su mochila y comenzó el descenso. Pero en su caminar se notaba cierta rabia contenida y en un despiste su pie tropezó con una piedra bastante prominente que se hallaba anclada al camino. Cayó rodando pendiente abajo. Al parar observó el daño. Piernas y brazos ensangrentados y ¡Oh cuánto le dolía el hombro!
Antonio que miraba la escena con más malestar que antes, pensó en contenerse, olvidarse de aquella mujer y seguir disfrutando de la paz interior que el paisaje le regalaba. Pero las ganas de vengarse pudieron más. Bajó donde ella se encontraba la levantó con fuerza y sin ninguna delicadeza y le soltó loco de rabia:
“ Ha conseguido Ud. amargarme lo único que me mantiene con vida ahora la acompañaré hasta un puesto de curas si me promete no volver por aquí jamás”
No se incomode sin duda no estamos predestinados. Pero cuando ella sintió la piel de su brazo fuerte y vigoroso rozarla, una sacudida de corriente la hizo sentir algo diferente a lo que su boca intencionadamente trasmitía.
Continuará...
Se levantó de la cama con sus ojos cansados se volvió a mirar al espejo. La misma mirada de persona sin vida de siempre. Ojos sin brillo, cuerpo blanquecino, barba prominente y dura y unas cuantas canas alertadoras de que la edad iban dejando señales de los años vividos.
Después del desayuno siempre café con mucho azúcar y bollería extra dulce, consiguió sonreír. Hoy iría al monte. Necesitaba respirar aire puro y ver algo de vida. Para ello se vistió informal, las mismas zapatillas viejas de siempre y chándal. Se entretuvo en cambiar algo, necesitaba tener algo nuevo cada domingo que le hiciera olvidar la secuencia vivida del anterior, así que cada vez cogía un objeto distinto, esta vez un paraguas le acompañaría en un día de sol. La imagen de su esposa fallecida en accidente de tráfico le mandó un beso de amor desde el marco que colgaba frente a la puerta de salida de la casa.
Ya no necesitaba más. Ahora la música de un bolero lo enredaba en mil abrazos consumados en las noches de pasión que vivió junto a Luna su mujer. Que bien les fue el amor durante un tiempo, cada vez que recordaba que un día llegó a molestarle hasta la presencia de ella a su lado, sentía ganas de arrancarse la piel y sangrar por todos sus poros la estupidez innata de haber perdido tantos alientos dulces de su amada mujer. Que dura era la vida cuando uno se da cuenta de que tuvo todo lo necesario a su lado y que no lo valoró como el tesoro más hermoso.
Conducir y sentir el peso de su conciencia. Veía la carretera y era tan fácil apretar y terminar de una vez. Pero era tan cobarde que tenía miedo de quedar inútil y no poder quitarse la vida él mismo, siendo obligado a vivir en cualquier Infierno institucional por pura devoción a la muerte divina llamada vida parásita del enfermo irrecuperable.
Al fin llegó a su destino. Caminó monte arriba parándose a contemplar la belleza de los pinos, su olor, el matorral, las amapolas y el romero, la manzanilla brotando en los bordes de las sendas. Incluso un pequeño conejo fue descubierto. Durante una hora subió sin parar ni un segundo a descansar. Le encantaba el reto de sentirse derrotado y sacar las fuerzas suficientes para continuar, era el mismo ejercicio cerebral que hacía cada día para poder aguantar otro más.
Al llegar la refugio se quedó confuso. Algo irritado quiso expulsar a la intrusa de su territorio de paz, una mujer de físico agradable y grandes ojos negros lo miraban de forma amigable esperando poder saludarle.
Se nota que está acostumbrado a subir, le he visto caminar sin parar hasta aquí- Dijo Quina que así se llamaba al tenerlo próximo a ella-
Sin duda no sabe Ud. Que no debería estar aquí y menos sola, no es espacio para mujeres- Contestó con acritud Antonio esperando hacerla desistir del propósito de tener una charla amigable-
Vaya, quizás tiene razón. Muy amable por su interés en mí, pero soy mujer solitaria y valiente, estoy acostumbrada a subir montes y nunca me he encontrado nadie problemático- Respondió ella a media sonrisa esperando ser contestada cordialmente-
Eso fue hasta hoy, sino se marcha pienso tirarla monte abajo ahora- Gritó con voz imperante sumamente amenazadora él mientras su boca se torcía con un claro desdén de disgusto-
Quina, lejos de asustarse le quitó importancia al asunto. Sin decir palabra recogió su mochila y comenzó el descenso. Pero en su caminar se notaba cierta rabia contenida y en un despiste su pie tropezó con una piedra bastante prominente que se hallaba anclada al camino. Cayó rodando pendiente abajo. Al parar observó el daño. Piernas y brazos ensangrentados y ¡Oh cuánto le dolía el hombro!
Antonio que miraba la escena con más malestar que antes, pensó en contenerse, olvidarse de aquella mujer y seguir disfrutando de la paz interior que el paisaje le regalaba. Pero las ganas de vengarse pudieron más. Bajó donde ella se encontraba la levantó con fuerza y sin ninguna delicadeza y le soltó loco de rabia:
“ Ha conseguido Ud. amargarme lo único que me mantiene con vida ahora la acompañaré hasta un puesto de curas si me promete no volver por aquí jamás”
No se incomode sin duda no estamos predestinados. Pero cuando ella sintió la piel de su brazo fuerte y vigoroso rozarla, una sacudida de corriente la hizo sentir algo diferente a lo que su boca intencionadamente trasmitía.
Continuará...





