EScrito: Por Ada Cruz
Si me hubieran hecho esa pregunta hace unas semanas, habría aclarado que yo no estoy entre los obsesionados con el Féisbuk. Ya no puedo decir lo mismo. Y no es que me la pase por esos lares. Mis amigos virtuales saben que no soy de las más productivas de la comarca feisbuquiana. Pero, el viernes pasado me pasó algo que me demostró que el asunto de la comunidad virtual está más arraigado en mí de lo que pensaba.
Resulta que, como el sábado se acababa el mundo, decidí salir corriendo del trabajo para una última noche de cine y cena con unas amigas. Entré de lo más entusiasmada al restaurante, que estaba lleno a capacidad, y cuando me dirigían a la mesa, me caí estrepitosa y dramáticamente. No sentada, no de rodillas. Completa. Con toda mi abundante humanidad ponceña. Delante de todos. Entre todos. Entre los platos de lasaña, raviolis y fetuchinis.
Me levanté casi como si tuviera un resorte, saludé al público que exhibía las bocas abiertas llenas de pasta y risa reprimida y seguí hasta la mesa. ¿Qué fue lo primero que hice al llegar? ¿Lo comenté con mis amigas y compañeras de mesa? No. ¿Me quejé con el gerente del restaurante? No. ¿Llamé a mi mamá para contarle? No.
Lo puse en Féisbuk. Sin el más mínimo pudor. De repente, ponerlo en Féisbuk lo hizo menos vergonzoso y más gracioso. Lo puse en Féisbuk y me encantó ponerlo. ¿Jáu sic is dat?
Es la enfermedad Féisbuk.
Todos los días veo a conocidos, algunos incluso con historial de serios intelectuales, poner en el librito cibernético no sólo links o artículos de su autoría, sino comentarios sobre cómo se sienten, qué están haciendo y hasta dónde. A veces son muy graciosos. A veces intrigantes. A veces deprimentes. A veces... guaréver. Pero tengo que admitir que cuando estoy aburrida, una visita al Féisbuk para ver lo que han puesto mis amigos/conocidos/desconocidos-amigos virtuales puede fácilmente levantarme el ánimo y hasta hacerme reír. Como estoy segura de que hice reír a unos cuantos con mi escocotá del viernes.
¿Qué nos lleva a poner detalles de nuestras vidas en un espacio al que acceden en su mayoría desconocidos? ¿Por qué sentimos esa súbita necesidad de compartir nuestras cosas con “el mundo”? ¿Ha venido la “compañía” cibernética a sustituir la real?
Son cosas para pensar. Sobre todo en estos tiempos de fin de mundo. Ah, porque, ¿no lo leyeron? Ahora el mundo se acaba en octubre.
En cuanto a qué pasó el sábado pasado, hay varias teorías por ahí. Se suponía, según algunos, que el mundo se acabaría. Para otros, era “el principio del fin”, porque ocurriría el rapto de los 144 mil elegidos. Unos dicen que no pasó nada. Yo no estaría tan segura. ¿Cómo sabemos que en verdad 144 mil no fueron arrebatados de la tierra a los cielos ese día? ¿Y si no había ningún elegido aquí? ¿Y si simple y sencillamente no conocemos a ningún elegido?
A lo mejor eran amigos de Féisbuk y todavía no notamos su ausencia.















