Apetecibles coincidencias ocurren mientras todo pasa, la vida, el tiempo, la lluvia, el frío. Gozo inmensamente colando mi helada mano en el bolsillo de tu chaquetón, buscando claramente el calor, y no tan claramente tu mano. Sonrío, te quiero. Vamos a aquel sitio, el acantilado donde comenzaba el camino al sol en verano. Ahora hay nubes y hace algo de aire. Parezco una cebolla de colores con tanta ropa de lana. Cuando hay gente, siento que desentono, pero me gusta ser esa lucecilla alegre, distinta, contenta que la gente por la calle mira y dice: Jajá! Está loca!! ; Con una sonrisa en la cara mientras visten ropas grises, negras o marrón oscuro. Esta vez me coloco delante de ti, soy yo la que necesita ser abrazada hoy. Me coloco entre tus piernas y reculo, buscando sentir algo más que el comienzo de tus piernas. No sé qué miras, pues el camino del sol no está los días de nubes. Pero sigues mirando allá. Ajá! He descubierto algo nuevo de ti, bueno, en realidad ya lo sabía, pero ahora lo anoto como “real”. Te gusta mirar a la inmensidad. Te noto… pero hay algo que no me encaja; desconozco lo que es, pero mi corazón va más despacio que antes, como sin querer hacer ruido, como con cuidado. Te pido simpáticamente un abracito. Entonces, me rodeas con tus enormes brazos, aprietas y me siento pequeña, protegida, pero… sólo siento lo que yo siento. Se me ha parado todo de repente. Me tienes entre tus brazos, pero no te siento. Mantén la calma me digo, no pasa nada, estoy paranoica, tendrá que bajarme la regla y me imagino cosas que no son. Acurrucada dentro de ti, te pregunto: oye! ¿Dónde andas?. Una vez más tu silencio. Nunca me importó, pero siento que me urge la respuesta a mi insignificante duda. “Aquí”, “contigo”, “detrás de ti”, “abrazándote”. Cualquier cosa, por favor. Pasa el tiempo, y no dices nada. Las palabras se las lleva el viento, lo entiendo, pero ahora no hace corriente, está a punto de llover, y nunca hace viento antes de llover. Comienza a chispear, te levantas y me ofreces tu mano. Te miro, la cojo, me levantas y comenzamos a andar. Miro hacia atrás un instante, me siento rara, siento que sigo sentada allí, a pesar de estar cogida de tu mano volviendo a casa.
Coincidencias ocurren mientras todo pasa, la vida, el tiempo, la lluvia, el frío, la gente. Vi un documental hace una semana de supernovas. Me parecen espectáculos extraordinarios, me encantan. Son peligrosísimos, pero a la vez hermosos. Cuando una estrella va a morir, es cuando más brilla. Se expande y se contrae unas cuantas veces, como si estuviese latiendo, hasta que explota y comienza a tragárselo todo, hasta no sé cuando, porque no lo dijeron (sospecho que no lo saben).
No cambias, a pesar de los buenos momentos. Hay algo que cada vez me pesa más, y no sé qué es, pero sé que tiene que ver contigo, con lo que siento por ti. Tengo mi cuarto forrado de fotos nuestras haciendo el mongui, me rio, me encantan, los recuerdos. Últimamente me siento como una supernova. Dando latigazos de fuerza, empujando a trompicones a un corazón que se ha vuelto un pasivo, que anda con la cabeza baja y no sé por qué.
Te quiero, mucho, pero no sé hasta cuándo estará este sentimiento, esta maldita nube que no se larga. Necesito respuestas y no me las das, así que comienzo a suponerlas. Siempre he sido de hechos, de no imaginar las cosas, de no suponer nada, de preguntar, de falta de maldad o inocencia madura, como me gusta llamarla. Nunca he sido de poner pruebas y hacer comprobaciones, y he comenzado a hacerlas; me arrepiento, me doy vergüenza. Si tú siempre has sido tú, ¿por qué ahora yo no me siento yo? Llevo mucho tiempo yendo al acantilado a buscar aquello que me dejé allí, pero no lo encuentro, no lo veo, no sé donde está.
Mi amiga me dice que te de un ultimátum. Lo he pensado, pero, ¿para qué? Las cosas no cambian de un día para otro, y aunque lo hicieran, todos sabemos que esos no son cambios permanentes.
Se acabó.
Y no has dicho nada. Puede que tengas tus motivos, y puede que yo hubiese llegado a entenderlos, pero nunca los supe, con lo que nunca pude hacer nada.
Apetecibles coincidencias ocurren mientras todo pasa, la vida, el tiempo, la lluvia… Primavera en el acantilado. El camino al sol ha vuelto, pero esta vez lo contemplo sola. Es maravilloso, no tengo más palabras que esa. Me calienta hasta por dentro, he abierto las ventanas; Vuelvo. Más calmada, con una sonrisa disimulada, pero feliz. Tranquila, callada, admiro, contemplo, oigo, huelo: mar, romero, pino, arena. Es el sitio. Es mí sitio. He comprendido muchas cosas desde entonces. Lo que me dejé allí aquella tarde de aquél invierno, fue la ilusión, la expectativa. Ahora, que estoy fuera, he sabido que la tranquilidad no tiene nada que ver con la frialdad, el silencio no es ausencia, que un abrazo no es rodear a alguien, sino un flujo de emociones, que si no tienes nada que transmitirle a nadie, no tienes por qué abrazarlo. Que cuando estaba contigo me sentía como un cachorrillo juguetón, tú más grande que yo, más sabio que yo, y yo ahí, buscándote, jugar, estar contigo. Y yo no era tu responsabilidad, estaba a la misma altura, sólo que era diferente a ti. La alegría es un don. Y yo, con mis virtudes y mis defectos, mi corazón loco y mis colores, valgo muchísimo. Ahora voy a cambiar el dicho, puesto que lo que importan sólo son los hechos, pero hay veces, en las que las palabras pueden ser las que den aire fresco a un corazón encerrado.
“Las palabras se las lleva el viento si no las susurras al oído.”
Este es el orden de las canciones, el orden de los sentimientos, desaparecer, fuera del mundo, y derecho a casa.






